Inteligencia (artificial)… Cuánta falta le hace a la política chilena

Qué duda cabe. La política chilena está viviendo una crisis cuya profundidad aún no podemos dimensionar. Solo en los últimos cuatro años, el país ha girado en un péndulo, que se mueve a tal velocidad, entre un polo y otro, que no hemos alcanzado ni siquiera a darnos cuenta. Menos a asumirlo. Desde el 18/0 —fecha en que nació el estallido social— en adelante, pasamos por protestas ciudadanas masivas cuyo foco era  la desigualdad, seguido de una explosión violenta, protagonizada por unos pocos, la elección de un presidente de izquierda de treinta y seis años —que obtuvo la más alta votación en la historia de Chile—, para luego elegir una Convención, dominada por la extrema izquierda, que redactó una Constitución rechazada por el 62% de la población, pese a que el 80% exigió su cambio un año y medio antes en un plebiscito.

Hoy la Constitución está siendo elaborada por un consejo con mayoría de extrema derecha cuyo líder encabeza las encuestas para ser el próximo presidente de Chile. Bueno, y sin contar los dieciséis años entre Piñera y Bachelet. Dos liderazgos completamente opuestos.

Pareciera ser que nos ha faltado inteligencia… emocional para entender este giro radical. Por eso, cuando la principal encuesta que se realiza en el país (CEP) nos arroja que un 19% se declara de izquierda y un 19% de derecha, frente a los 36% que se autodefinen como de centro, y un 25% ni siquiera sabe qué es, algo no calza con lo que hemos visto en la realidad estos últimos cuatro años.

Lo que debemos analizar en profundidad es qué significa para la gente “ser de centro”, porque por lo visto, con el voto obligatorio, esas personas pueden migrar de derecha a izquierda y viceversa sin problemas, salir a la calle para el 18/0, luego votar por Boric y a continuación por el republicano José Antonio Kast. Y claro, convertirse de inmediato en opositores acérrimos, un dato que la encuesta CEP nos corrobora con fuerza estos últimos nueve años y medio.

Estoy convencido de que la inteligencia artificial en política, aún inexplorada, debe ir precedida de inteligencia emocional. Es decir, de que nuestros políticos sean capaces de entender estos fenómenos sociales y también de motivar y movilizar a las personas instalando horizontes realistas y alcanzables, de manera que no tengamos un estado de frustración permanente producto de expectativas que se exacerban y que no se cumplen.

Por eso es que, si bien veo un tremendo potencial en la aplicación de la IA en la política, creo que tiene también un riesgo crítico: el uso pragmático en campañas con escasa ética solo con el fin de captar votos o identificar anhelos (perfilando bolsones votantes, identificando sus intereses, etc.), que después quedan en el olvido.

Veamos algunas aplicaciones que podrían ser de utilidad para nuestra clase política. Sin duda, su principal beneficio está en facilitar la toma de decisiones, especialmente para una gestión eficiente del Estado. Esto opera en el caso de comunicar e involucrar a los beneficiarios, al  perfilar un programa, relato, ideas fuerza, definir grupos de interés, etc.

Y por supuesto, puede ser de gran utilidad para los gobiernos, ministerios, reparticiones públicas, desde la unidad más básica en el territorio, como las municipalidades. La IA permite analizar, procesar y cruzar gran cantidad de datos, pudiendo detectar tendencias, patrones e incluso proyectar comportamientos colectivos. Esto podría ayudar a definir políticas públicas, priorizar y evaluar programas sociales, establecer modelos predictivos, etc. En momentos que los casos de corrupción golpean a Chile, entre fundaciones y municipios, se podrían incluso detectar fraudes y fomentar la transparencia.

Un área que me parece tiene un tremendo potencial es el de la participación ciudadana. Es posible generar conversaciones con chatbots e interacciones dinámicas que contribuyan a sistematizar consensos, identificar temores, necesidades e intereses que surjan desde la sociedad civil. Recientemente vimos cómo en el proceso constituyente se habilitaron espacios reducidos, planos y unidireccionales para capturar la opinión de personas que se sumaban a las Iniciativas Populares de Norma (IPN), simplemente firmando por una de ellas, redactadas por un pequeño grupo, sin ningún tipo de interacción entre quienes promovían la iniciativa.

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Pero partamos por lo básico. Antes que la inteligencia artificial, nuestra política y políticos deberían sortear un primer peldaño: actuar inteligentemente.

Germán Silva Cuadra es psicólogo, académico, consultor en comunicación estratégica, columnista, colaborador de varias radios chilenas y escritor. Autor de libros como No te reconozco, Chile y Y ahora… ¿qué hacemos? y de las novelas de política realidad-ficción La historia de cómo Andrónico llegó a ser presidente y su reciente La Operación Ciprés. El complot contra el presidente.

 

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